Y ahí estaba ella, desnuda, recostada contra la cabecera de la
cama, contemplando el espejo de su soledad mientras oía venir uno tras
otro los hermosos y suaves compaces de Chopin. Entre almohadas y almohadones de seda hindú, veía el cuerpo que era, miraba el cabello que le cubria
los hombros mojados por la luz de la tibia noche; observó la imagen en
reposo de su cuerpo; la extensión torneada de sus piernas, su piel
que transpiraba a goterones deseo. Por la ventana abierta, entraba el calor húmedo y veraniego que se filtraba en susurros desde la calle donde nadie transita los domingos de madrugada.
Sin ropa y solitaria,
tirada sobre el indolente lecho y en silenciosa espera, mirando el batir de las aspas del ventilador del techo, dejando
salir de su mente todos sus más pecaminosos anhelos del momento.
Imaginaba el peso de un cuerpo sobre el de ella, la
manera en que sería rodeada su cintura por unos brazos fuertes, de ser aplastada
y besada; la forma en que lo haría suyo por momentos que habrían de
ser eternos, usaría su arte de lamerlo delicadamente y sin premura como quien
limpia miel de las alas de una mariposa con su lengua nocturna y
refinada.
Podía sentir su aliento, sus palabras cayendo en el
laberinto de su imaginación, los latidos de su pecho, el calor de su cuerpo, deslizándose entre sus manos, sus senos y sus labios ávidos
y hambrientos de pasión; sabía que necesitaba de sexo desde hace mucho y que al final sus gritos siempre eran callados por su propia soledad, sin más compañía que sus suspiros, sin otro horizonte que su propio cuerpo tirado.
Se aproximó al borde de la cama y se sentó
en la orilla con sus piernas cruzadas. La luna
se reflejaba en el espejo del armario, una luna llena de tiempo idos. Observó más de cerca su
cuerpo ofrecido al cálido verano, sus pezones pequeños, rosados, su ingle
pegajosa y empapada, sus labios secos por la agitación y carentes de besos apasionados y llenos de amor.
Se contempló unos minutos, pensando en que a pesar de los años aún se sentía joven y que la firmeza de su cuerpo se ha ido perdiendo de a poco, mas no la lozanía de su piel. Fue deslizando suavemente la palma de sus manos sobre su piel en
llamas, erizada; las pasó por la curva de su cuello, sus hombros llenos de pecas, apretó suavemente con ellas los pequeños senos turgentes que alguna vez amamantaron y fue conduciéndolas de a poco al pliegue secreto entre sus muslos. Lo sintió húmedo, levantó la vista y pudo verse nuevamente en el espejo....así, desnuda ante la vida, sola con su imagen de mujer entregada al placer de acariciarse y verse acariciada. Podía sentirse mojada, cautivada de pasión y deseos, ardiente a flor de piel. Rozó con la yema de sus dedos la humedad de su sexo y los llevó a sus pechos y su cintura, acariciándose con placer.
Perlada por el
sudor, vió la enrojecida expresión de su rostro en el espejo, y al pie del
lecho las sábanas azules como el océano, se amontonan y envolvían sus
tobillos. Enderezó la espalda, separó al máximo las piernas e
introdujo la punta de su dedo del corazón en su sexo. Se contrajo de un suspiro y por dentro se
endulzó, y por fuera se electrizaba hasta el quejido.
Volvió a mirarse y pensó....Soy este cuerpo que amo y ese cuerpo admirado en mi reflejo. Soy esta hembra cálida que mis manos recorren con vehemencia y ternura, este deseo que miro frente a frente y que fluyendo hacia mí misma desde la luna reflejada en el armario que me seduce y me contempla arrastrándome al fondo, muy al fondo del espejo.
Aspiró profundamente su aroma que
subía como niebla por entre las piernas y se mezclaba con el de las flores de su jardín y la crema de canela que usaba para el cuerpo....convirténdose en sólo uno, que liberaban sus sentidos e impregnaban la suave música de Chopin y sus propios gemidos.
Podía gritar a grandes voces que
amaba ese aroma a gruesa flor quemada, que adoraba ese sabor a mujer
sumergida y revolcada entre sábanas azules, que se arroja a la luna en una clara noche, agitando el resplandor de sus pestañas.
A solas con su pensamiento y con su cuerpo, acercando los espacios que unen y separan sus ojos de los ojos que la miran desde adentro del espejo. Y sin embargo siente que también hay otras imágenes hendidas en sus muslos, restos de realidad o sueños diurnos que emergen por su piel, murmullos y caricias hechas en las paredes internas de su sexo, presencias convocadas por la magia caliente de sus dedos y sus deseos.
Su cuerpo suave y
la lujosa memoria que este posee, no se olvida de sus íntimos amores.
Las imágenes palpitantes regresaron para ofrecerle el placer
transgresor que ella pedía esa noche y que de ese modo tuvo a merced de la paciente impaciencia de la líbido que invadía por completo el tórrido fondo de sus
entrañas.
Ante ese mismo espejo, en
ese mismo lecho, le vienen una y otra vez llenos de luz los recuerdos, como flotando entre
delirios contemplándose y sintiéndose amada, sudorosa y abierta
como ahora se contemplaba. Mientras en el pasado, él estrujaba la fiebre de sus senos y
mordía sus hombros, sus lóbulos, su nuca y preguntándole, temeroso de
lastimarle, para dejarla extaciada de goce y disfrute.
Apretando su espalda contra su pecho, enredando su rostro con su pelo, le respondía
que no con susurros que apenas le salían. Los dos reían satisfechos al
completar felizmente aquella hazaña que rato después repetirían fogozos albergando momentos de amor y palpitando varias horas, a lo
largo de los estruendosos e incontables orgasmos que supo él prodigarle .
Cerró sus ojos
y sostuvo la imagen fragmentada de su cuerpo en otro cuerpo,
desechos en sílabas de fuego. Y sabía bien que en el espejo, al borde y
enfrente de la cama, su propia imagen continuaba su tránsito por las
aguas humeantes de los recuerdos, haciéndose el amor consigo misma,
tocándose por dentro sus mínimos silencios. .
Su boca
entre abierta absorbe y exhala el calor del verano más de prisa, con el
corazón desatado golpeándole las mejillas hirvientes, las sienes y los
labios que sus dientes mordisquean haciéndose a la vida, celebrando la
playa que es su piel, su puerto franco.
Soy este cuerpo
desdoblándose aquí frente a la luna del espejo, en esta soledad
acompañada donde me miro y no me miras arder este domingo, como si
fuera un día cualquiera, abierta a la cerrada intemperie de mi cuarto. Desnuda y envuelta en la música de Chopin, aguardo a que tú
llegues, y acorde tras acorde abierta voy bordando y destejiendo los
hilos del deseo para hacerte gemir en cada beso, para oírme jadear
contra este lecho, para engullir hasta el fondo de mí, nuestro
naufragio.
Tal vez no me haces falta, lo sé, tal vez no vengas, pero te espero radiante aquí conmigo como el agua de enero en pie de guerra....
Malú









Un gran espejo
Este relato es como haberle puesto labios a los ojos y a las manos y a la piel, al tiempo de haber sellado el espacio real de la palabra. Milimétrico.
Cariños,
M.